Capítulo 16  

Posted by: Lizzy Kim

Cuando el auto se hubo estacionado frente al pórtico de entrada, Jessica se bajó del auto y se adentró en la casa en busca de una empleada que la ayudase con el equipaje, mientras Margaret lo cuidaba al tiempo que charlaba con el chofer. Y aunque la joven se mostraba serena y segura de sí misma, se estaba desmoronando por dentro. El terror estaba haciendo mella en su cuerpo, debilitándola.

Al entrar a la casa, fue recibida por dos jóvenes empleadas que la miraron de arriba abajo con expresión escrutadora y lo que parecía ser desdén y desconfianza, pero sólo fueron unos breves instantes porque inmediatamente se inclinaron en una pequeña reverencia y le dieron la bienvenida a la casa.

Una de las jóvenes se dirigió hacia el salón principal de la casa con pasos apurados y volvió casi al instante con un Ariel que rezongaba por haber sido sacado casi a la fuerza del salón. Este se quedó estático en su lugar, mirando hacia la puerta de entrada donde una desconcertada y asustada Jessica miraba hacia todos lados con aire de sentirse fuera de lugar, atrapada.
El estado de asombro de Ariel fue sustituido por la alegría que sintió al ver a su adorada hermana por lo que, sin importarle las curiosas empleadas que miraban a uno y otro con cara de no entender nada, se lanzó hacia ella y le dio un fuerte y efusivo abrazo mientras daba vueltas con ella en brazos.

— ¡Suéltame, Ariel, no seas bruto!—se quejaba Jessica mientras su hermano seguía estrujándola y girando.

—No voy a soltarte; aun no estoy seguro de que seas real y no un espejismo creado por mi subconsciente gracias a las copas que me he tomado.

—Te aseguro que no soy un espejismo y que no estás borracho, así que suéltame—le ordenó, poniendo mayor énfasis en la última palabra.

Ariel no tuvo otra opción más que soltarla, pero no por eso dejó de mirarla como si realmente no fuese ella y estuviese hablando solo o con una aparición.

— ¿Qué haces aquí?—preguntó con ansiedad.

Jessica giró la cabeza en un gesto que podía ser visto como una forma de escapar de la intensa mirada de Ariel, pero en realidad fue para que no viera la expresión sombría de su rostro. Su hermano estaba tan feliz esa noche, lo menos que ella quería era arruinarle su felicidad.

—Es una historia un poco larga y ahora estoy muy cansada para contártela— Ariel iba a replicar pero ella lo interrumpió con un movimiento de su mano— Prometo hacerlo.

—Bien. Ahora dime, ¿dónde están Lucas y Margaret?— preguntó mientras miraba a todos lados para ver si los encontraba por ahí. A Jessica ese gesto le causó gracia.

—Lucas está en su casa… supongo. Y Margaret está afuera con las maletas. Lo que me recuerda— esto último lo dijo en voz baja antes de dirigirse a las dos empleadas que seguían mirando la escena sin comprender. — ¿Podrían encargarse de las maletas?

Las empleadas se miraron sin saber que hacer o decir. Ella era una desconocida, una recién llegada (lo que explicaba por qué estaba vestida con ropas normales —aunque hermosas y elegantes— y no de gala como los demás invitados a la fiesta) por lo que no tenían que obedecer sus órdenes. Pero, como se llevaba tan bien con Ariel y parecía un miembro de la familia, no sabían si obedecerla o no.

—Les estoy hablando— dijo Jessica, molesta. —Vayan y ayuden a Margaret con las maletas.

Nada. Las empleadas seguían sin reaccionar. Jessica soltó un bufido de exasperación.

— ¡Ariel! — El susodicho salió de su ensoñación con un respingo— Tus empleadas no quieren obedecerme así que hazte cargo— le ordenó, mientras se cruzaba de brazos.

Ariel se dio la vuelta, muy en contra de su voluntad ya que no quería quitarle los ojos de encima a su hermana (no fuese que desapareciera o algo similar) y les dijo a las empleadas que de ahora en adelante tendrían que obedecer todas y cada una de las ordenes de Jessica porque ella era la señorita de la casa. Las empleadas, después que salieron de su sorpresa y después de varias reverencias mientras se disculpaban, se apresuraron a ayudar a Margaret con el equipaje.

—A pesar de todo, me alegra que estés aquí— le dijo Ariel más calmado, mientras tomaba una de las manos de su hermana, la besaba y le acariciaba el rostro con la mano que le quedaba libre.

Aquel íntimo momento fue interrumpido cuando escucharon a alguien llamar a Ariel con insistencia. Jessica, por inercia, trato de huir pero Ariel apretó el agarre que ejercía sobre su mano mientras le susurraba que estuviese tranquila.

—Con que aquí estabas. Y yo que…— sólo atino a decir la mujer antes de percatarse de que su hijo mayor no estaba solo.

Después, todo fue silencio y miradas cargadas de asombro durante un rato largo, hasta que Ariel cortó el silencio con una frase que confirmaba la presencia de Jessica y que le decía a Jocelyn: “tú no estás loca. Ella está aquí, está aquí”.

—Mire quien está nuevamente con nosotros, madre. Es Jessica.

Jocelyn avanzó unos cuantos pasos, con el rostro desencajado por la sorpresa. Iba a decir algo, iba a hacer algo, pero su acción fue interrumpida por la apertura de la puerta de entrada y por el paso acelerado de las dos empleadas que entraban cargando unas pesadas maletas, acompañadas de Margaret. Esta última se detuvo a medio camino de la escalera al ver la escena; o más bien, al percibir la tensión reinante en el lugar.

Ariel esperaba que su madre perdiera la compostura y se olvidara de que tenía el salón repleto de invitados y se pusiera a gritarle a Jessica por haber huido de casa siendo una niña, por haber puesto en peligro la reputación de la familia Smith y del negocio familiar. O, por lo menos, esperaba que se mostrase eufórica y feliz por tener a su pequeña hija nuevamente en casa, con ella. Pero no, nada de eso pasaba. Ella permanecía en silencio, con los ojos bien abiertos mirando a su hija y a la mujer que la acompañaba alternativamente, como si aun no creyese que estaban ahí.

Las empleadas, ajenas a la situación (obviamente después de, en un principio, haber saciado su curiosidad) y siguieron con su camino, prácticamente arrastrando las maletas por las escaleras, hacia las habitaciones del segundo piso; dejaron ambas en la habitación que le había pertenecido a Jessica cuando era más joven ya que no sabían con exactitud cual maleta le pertenecía a la dama de compañía y cual a la joven.

Después de haber realizado su labor, entre especulaciones y cometarios indiscretos, regresaron al vestíbulo, les informaron a los presentes lo que habían hecho con las maletas y luego regresaron al salón para seguir atendiendo a los invitados.

Margaret, cansada ya de tanto mutismo y tensión, decidió tomar la palabra.

—Es un placer conocerla al fin, señora Smith. — la saludó con una pequeña reverencia. A Margaret le pareció que Jocelyn era el tipo de mujer que adoraba que la gente le dedicara reverencias y la trataran como su fuese una reina.

Aquel gesto sirvió para sacar a Jocelyn de su asombro y concentrarla en la realidad. Tomó aire, se enderezó y se dirigió a su hijo.

—Ariel, busca a tu padre… discretamente.

El susodicho se dirigió rápidamente hacia el salón después de dirigirle una significativa mirada a su hermana. Jocelyn, por su parte, hizo una pausa en la que se acomodó el vestido, se pasó la mano por el pelo para retocarse su elaborado peinado y respiró profundo para recuperar la compostura y volver a su estado normal. Luego de todo eso, caminó hacia su hija y, sin que esta se lo esperase, la abofeteó siendo Margaret la única testigo de este hecho.

—Esto es por haberme hecho sufrir durante tanto tiempo, niña tonta y malcriada— le dijo antes de envolverla con sus brazos en un abrazo.

Cuando Edmond y Ariel llegaron, encontraron a Jocelyn abrazando a una sorprendida Jessica que no correspondía el gesto de su madre.

—Así que es cierto— musitó Edmond con notable alegría— mi pequeña hija está de regreso.

Ariel sonreía al ver la alegría de su padre, contrario a Jessica que no dejaba de pensar “son unos hipócritas. Todos son unos estúpidos hipócritas”. Ella sentía que todo ese drama no era más que para guardar las apariencias. Ella sabía que la única razón por la que se alegraban era por su futura boda con un miembro de la importantísima familia Henderson, lo cual los beneficiaria no tanto económica sino también socialmente. Todo era por su beneficio y no porque se alegraran de tenerla de vuelta.

Si de verdad la quisieran la hubiesen buscado antes y era seguro de que la iban a encontrar; no estaba muy lejos, de todas formas. Y si Lucas la había encontrado sin siquiera estar buscándola, ¿por qué ellos no iban a correr con la misma suerte?

Jocelyn deshizo el abrazo y le dio un beso en la mejilla en la que la había golpeado. Edmond se acercó a su hija y la abrazó fuertemente durante un rato que a Jessica se le hizo eterno; pero, contrario que con su madre, tuvo la delicadeza de corresponderle el abrazo. Pero aun así se sentía incomoda, fuera de lugar, incluso más que antes.

Ariel y Margaret sólo se limitaban a mirar lo que parecía ser una hermosa escena de reencuentro cada uno desde su lugar (Ariel al lado de su madre y Margaret un poco más atrás de Jessica). La dama de compañía, contrario a Ariel que se mostraba feliz y complacido con toda esa situación, estaba preocupada por Jessica y por lo que su madre pudiera hacerle como castigo por haber huido.

Había algo en esa fina mujer de apariencia impecable que no le gustaba. Parecía ser una de esas personas que viven de las apariencias; una mujer que con los vecinos es dulce y amable, pero para los miembros de su familia es alguien de armas tomar.

Puede que se equivocara y que el hecho de que hubiese abofeteado a Jessica la hubiese predispuesto a verla como a la mala de la historia pero era mejor, en este caso y teniendo en cuenta las cosas que Jessica le había dicho sobre ella (y la expresión que ponía cada vez que escuchaba hablar de su madre) mantener los ojos bien abiertos, por si las dudas.

Edmond, después de un rato de abrazar y hacerle preguntas a una Jessica dispuesta a responder con movimientos de cabeza y monosílabos, quiso arrastrarla hasta el salón pero esta se negó con la excusa de que ella y Margaret estaban cansadas por lo del viaje y que lo único que querían en esos momentos era descansar. Edmond reparó por primera vez en la presencia de la mujer y se acercó a ella para saludarla y agradecerle por haber cuidado de su hija.

—Sólo será un momento, Jessica— volvió a insistir con su petición.

—Me encantaría, padre, pero de verdad estoy muy cansada. Además, no estoy vestida adecuadamente para una fiesta. ¿Qué dirán sus invitados?

—Eso no es problema— intervino Jocelyn, y Jessica sintió un escalofrió recorrer su columna. — Los invitados lo entenderán cuando se les diga que acabas de llegar de viaje. Y como bien dice tu padre, sólo será un momento.

— ¿Qué dices, hija? ¿Aceptas?

No le quedaba de otra más que aceptar. Aunque prefería estar en cualquier lugar menos en ese salón atestado de desconocidos tendría que estar ahí porque su madre, con esas simples e inocentes palabras, le había dejado bien en claro que no tenía otra opción. Siempre fue así.

—Está bien, acepto. Pero, por favor, ¿alguien podría encargarse de Margaret? Me gustaría que descansara.

—Yo lo hago, Jess. No te preocupes. — ella le dedicó un débil “gracias” a su hermano mientras era prácticamente arrastrada hacia la fiesta por una impaciente Jocelyn.

—Venga, Margaret, llevémosla a su nueva habitación— la invitó mientras le tendía la mano galantemente para que ella la tomase.

— ¿Cómo cree que estará la señorita Jessica?

—Estará bien, no se preocupe. Yo voy a estar con ella, recuérdelo.

Pero Margaret no se sintió mejor al escuchar sus palabras.


***


El lugar, tal cual ella lo esperaba, estaba lleno de personas que charlaban alegremente o bailaban en la improvisada pista de baile que formaron en el centro del salón. Algunas personas estaban cerca de las mesas en donde se encontraban los bocadillos, tomando algunos de las bandejas mientras charlaban o recorrían el lugar con la mirada.

Los empleados encargados de atender a los invitados, se paseaban de un lado al otro, tratando de no chocar con nadie, portando unas bandejas plateadas con algunas copas de champaña; otros llevaban vino y algunos, bocadillos.

Cuando los anfitriones llegaron, iban a ser nuevamente abordados por algunos ansiosos invitados pero Jocelyn lo impidió dirigiéndose directamente hacia el lugar en el que estaban los músicos para pedirles que dejaran de tocar por un momento. Todos los invitados centraron su atención en ella y no en las dos personas que entraban al salón en esos momentos. Jocelyn, sin titubear ni un solo segundo, tomó la palabra.

—Queridos familiares, amigos, socios, gracias por venir. La verdad es que es un placer para nosotros tenerlos a todos reunidos aquí esta noche en una fiesta que al principio no tenia motivo. Al principio, esta sólo era una reunión de amigos pero ahora, con la sorpresiva llegada de alguien muy importante para los Smith, esta ha pasado a ser una celebración. Pido un aplauso por mi hija menor, Jessica, que acaba de regresar a casa.

Hubo gemidos de exclamación y sorpresa, e incluso, algunos se pusieron a otear para localizar a la recién llegada que permanecía oculta detrás de su padre.

—Jessica, hija —la llamó Jocelyn— no seas vergonzosa y acércate.

La joven nuevamente obedeció a su madre sin chistar y se encaminó hacia el escenario donde una sonriente y más que complacida Jocelyn la esperaba. Mientras se dirigía hacia allí, escuchaba algunos murmullos sobre ella, pero no les dio importancia; ella sabía de antemano que todas las personas de ese pueblo iban a pasarse sus tardes hablando de ella, ya sea bien o mal, y haciendo especulaciones sobre su boda y su repentina llegada al pueblo.

También pudo fijarse que otras personas esbozaban tiernas y cálidas sonrisas cuando pasó por su lado; otros solo se limitaron a dirigirle un movimiento de cabeza.

Cuando estuvo en el escenario, su madre la instó a que le dedicara unas palabras a los invitados, los cuales estaban ansiosos por saber más sobre la recién llegada.

—Lamento mucho que me hayan tenido que ver de esta forma. La verdad es que me hubiese gustado presentarme ante ustedes con una apariencia mucho más acorde con la festiva ocasión pero, como comprenderán, acabo de llegar de viaje y lo que menos esperaba era una fiesta— sonrió más abiertamente para darle más credibilidad a sus palabras— Pero, de todas formas, me alegra haber venido justamente esta noche porque así tendré la oportunidad de conocerlos y charlar con ustedes, si es que me dan la oportunidad, claro está.

Algunas personas, al ver la actitud de la joven, se acercaron al escenario para entablar relaciones. Madre con hijos adolescentes a los cuales les buscaban una esposa con desesperación, hombres solteros que la veían como una candidata para ser su prometida, o simplemente, algunos viejos amigos de la familia que la conocían desde que era pequeña y que solo querían saludarla y saber cómo se encontraba.

Su madre la dejó sola con toda esa gente que lo único que quería era buscar la forma de unir sus lazos con los de los Smith, y se dirigió hacia donde estaba su esposo charlando con los Henderson.

—Debes estar feliz, Jocelyn; por fin tienes a tu hija contigo— le dijo William cuando la tuvo cerca.

—Sí, y esta vez no dejare que se me escape… No quiero que mis nietos nazcan lejos de mí.

—Jessica se ha convertido en una jovencita muy bonita, ¿no lo creen? —Musitó Jackeline mientras la observaba— Siempre supe que lo seria pero nunca hasta que punto. Estoy tan feliz de tenerla como nueva.

—Y nosotros de tener a Lucas como yerno—respondió Edmond— Y hablando de él, ¿sabían ustedes algo sobre esto?

—No, nada. También fue una sorpresa para nosotros—contestó William— Hace tiempo que no recibimos una carta de Lucas, por lo menos es lo que pienso. Tal vez Lucas haya enviado alguna y Jackeline no me lo dijo.

Todos rieron. William tenía la costumbre de culpar a su esposa de esconderle las cosas, aunque solo lo hacía para molestarla. Esa mala costumbre suya era bien conocida por los Smith que llevaban años de relaciones con ellos. Al igual que los Henderson sabían la verdad sobre la desaparición de Jessica.

Cuando la chica se fue de su casa, a las únicas personas a las cuales ellos les contaron la verdad fue a los cuatro miembros de la familia Henderson. A los demás —a todo el que osaba preguntar por la menor de los Smith— les decían que se había ido a estudiar a otro pueblo y que estaba hospedada en casa de unos tíos. Nadie pareció dudar de sus palabras por lo que no se levantaron calumnias en contra de los Smith y todo siguió con total normalidad.

Algunas personas allegadas a la familia, de vez en cuando preguntaban por la chica, pero su curiosidad quedaba satisfecha con un “está muy bien, gracias por preguntar”. Otras veces se inventaban una que otra cosa creíble sobre ella, y asunto resulto.

Así pasaron aquellos seis largos años.

Cuando Jessica pudo deshacerse de toda aquella molesta gente, media hora después, se dirigió hacia donde estaban sus padres para preguntarles si podía irse a su habitación a descansar. Pero al final no pudo hacerlo porque los Henderson seguían allí hablando con ellos. Y eso, que pensaba que se iba a librar de ese encuentro por lo menos esa noche.

La dulce Jackeline se lanzó hacia ella para abrazarla seguida por su esposo, los cuales se mostraron realmente felices por tenerla de vuelta. Le hicieron preguntas sobre cómo le había ido en esos años, pero sobre todo sobre como la había estado tratando el tonto de su hijo, sobre cómo se sentía y un sin número de cosas más que no logró entender.

Ella respondió de buena gana y como pudo aquel inesperado interrogatorio sintiéndose mejor de lo que esperaba con ese encuentro. Incluso se dio el lujo de reír con sinceridad ante uno de los comentarios de William.

Todo marchó a la perfección hasta que a Jocelyn se le ocurrió preguntar por el mayor de los Henderson.

Jessica se puso tensa y perdió el reciente color rosado que habían adquirido sus mejillas. Ariel — que había llegado a la fiesta desde hacía tiempo y llevaba otro rato revoloteando cerca de donde su hermana charlaba con sus futuros suegros— apareció de repente cerca de ellos y se llevó a Jessica al solitario balcón, con la excusa de que no había tenido la oportunidad de estar con ella ni un solo minuto desde que llegó. A Jocelyn no pareció gustarle este hecho, pero aparte de la ligera mueca de desagrado que apareció en su rostro, no dio más muestras de ello.

—Gracias— sólo atinó a decir Jessica, con un hilo de voz.

Temblaba y Ariel se dio cuenta, por lo que se acercó a ella y la abrazó fuertemente y le dio varios besos en la cabeza. Jessica, por su parte, hundió la cara en el pecho de su hermano y se dejó consentir, al tiempo que le correspondía el abrazo. Lo necesitaba. Necesitaba esa muestra de afecto más que nunca y, a pesar de su enojo y frustración, deseó que fuese su novio el que estuviese en esos momentos con ella.

Quería que la abrazara y la besara y le dijese al odio que todo iría bien y que no tendría de que preocuparse. Sin querer, pronunció su nombre en un tono que parecía un quejido de dolor, y su hermano no pudo evitar sonreír ante este hecho. Era obvio que desconocía lo que pasaba entre la pareja.

—Te has ablandado, Jessica. — le dijo, después de darle otro beso en la cabeza con cierto aire divertido. — Cada vez te pareces mas a la Jessica de antes y eso me alegra muchísimo; estoy seguro de que Lucas también está feliz debido a esto.

—No me menciones a Lucas, por favor.

—Pero si acabas de gimotear su nombre, Jess— respondió con burla.

—Eso fue un desliz. — Suspiró. — Por favor, Ariel, llévame hasta mi habitación. Quiero, necesito descansar.

Ariel se separó de ella y le pasó un brazo por los hombros mientras la guiaba entre los invitados para sacarla del salón. Escuchó que alguien lo llamaba y con la mano izquierda hizo un movimiento indicándole que se esperase un momento. Ahora estaba con su hermana y nada ni nadie en todo el mundo era más importante que ella.

Ya en el vestíbulo, subieron la gran escalera para llegar al segundo piso y buscar el pasillo donde se encontraba la habitación de su hermana, que era la segunda a mano derecha; una habitación antes y una después estaban las de Ariel y Margaret respectivamente. Ya en el pasillo, Ariel la dejó frente a la puerta de su habitación.

—Tus maletas ya están dentro y lo más seguro es que tu ropa y tus cosas ya estén organizadas. Así que sólo tienes que darte un buen baño de tina y acostarte. — le dio un casto beso en la frente, que duró más de lo normal, como si de esa forma quisiese o lograse hacerla sentir mejor. —Buenas noches, princesa.

—Buenas noches— le respondió algo sorprendida. Hacía años que él no se despedía de ella de esa forma. Esbozó una diminuta sonrisa y entró a su habitación.

Jessica no podía quejarse, tenía al mejor hermano del mundo. Amable, cariñoso, tierno, divertido, atractivo, responsable. Ariel era un lechado de virtudes y ella estaba segura de que la mujer que se casase con él, sería infinitamente feliz.

Ella, por más que quisiese ocultárselo a él, era feliz entre sus brazos, cada vez que él le daba algún beso o le susurraba que todo estaría bien. Se sentía bien, pero sobre todo, segura, porque sabía que si un día Lucas no estaba para detener su caída, Ariel estaría ahí para sostenerla y abrazarla con aquellos fuertes brazos.

Ariel siempre había cuidado de ella con más pasión de la que cualquier hermano lo haría. Jessica fue y era su todo no importaba lo que pasase entre ellos. No importaba cuan mala, ruda, arisca y odiosa ella fuese con él. Ariel siempre la querría y ella haría lo mismo con él.

Para Jessica, Ariel siempre había sido realmente importante. En la primera persona en la que pensaba cuando estaba feliz, cuando estaba triste, cuando estaba en problemas; cuando estaba preocupada por algo y no sabía qué hacer. Incluso llegaron a dormir juntos en varias ocasiones.

Algunas veces porque ella no podía dormir y confiaba que entre los brazos de su hermano lo lograría. Otras, porque tenía miedo por las historias que una de las empleadas le contaba antes de irse a la cama. Y otras veces porque no quería estar sola.

Sus padres, ni su nana, ni ningún empleado se enteró de esto porque si lo hubiesen hecho, los habrían enviado a cada uno a lugares distintos para “impedir que lo mal hecho siguiese haciéndose”, como solía decirle Jocelyn.

Ellos dos no eran los típicos hermanos y su relación distaba mucho de ser muy normal; pero a ellos no les importaba. A pesar de los años, de la distancia, de las peleas y de los enojos de Jessica, seguían queriéndose y preocupándose el uno por el otro.


***


Ariel estuvo en la fiesta hasta que esta dio fin, pero fue sólo físicamente, porque su mente y corazón estaban con su hermana. Estaba preocupado, para que negarlo. Jessica era tan frágil, tan delicada (aunque ella se empecinaba en decir lo contrario) que estaba seguro de que toda esa situación terminaría haciéndole daño.

Cuando todo terminó y estuvo seguro de que su madre no lo necesitaba más, se dirigió hacia su habitación dispuesto a acostarse. Ese había sido el día mas largo y cansado de su vida.

Se desvistió lo más rápido que pudo y dejó la ropa sobre una silla. Luego se metió en la ducha, deseando que el agua se llevase consigo todo el estrés que había acumulado ese día gracias a su madre y su fiesta. Cuando hubo terminado de asearse, se vistió allí mismo sólo con el pantalón del pijama y se colocó una toalla alrededor del cuello para ir secándose su alborotado cabello castaño claro.

Al salir, se encontró sentada sobre su cama a su hermana, con las piernas estiradas y enseñando mas piel de la que él estaba acostumbrado a verle. No sabía si decirle que se cubriese o hacerse el de la vista gorda. Era su hermana, era cierto, pero no por eso ella tenía que mostrar más de lo debidamente necesario. Esa no era una actitud propia de una señorita decente, aunque respecto a Jessica uno nunca sabía que esperar.

— ¿Qué haces despierta a esta hora? —le preguntó, mientras se sentaba en la cama.

—Acabo de darme cuenta de qué es lo que ven las chicas en ti—alegó con una sonrisa, sus ojos vagando por el cuerpo de Ariel sin ningún tipo de pudor, mientras acariciaba con el índice derecho el pecho desnudo de su hermano.

—Por fin te diste cuenta de lo encantador que soy, ¿verdad? Es que soy irresistible, hermanita. —Jessica esbozó una sonrisa triste a modo de respuesta.

Ariel lanzó la toalla que tenía sobre los hombros hacia la silla donde se suponía que estaba la ropa que se había quitado, y se acercó a Jessica para abrazarla, ignorando el hecho de que tenía el torso desnudo.

— ¿Quieres contarme lo que pasó?

— ¿No te lo imaginas? —él negó con la cabeza. —Lucas se empecinó en venir hasta acá y por más que traté de disuadirlo, no cambió de idea. Siempre tan terco, siempre pensando en él y sólo él. ¿Y yo qué? ¿Acaso no importa lo que yo quiera? ¿Acaso esto tiene algo que ver con que él sea el hombre, el supuesto “sexo fuerte”?

—Eh… No creo que la cosa vaya por ahí, Jessica. — alegó separándola de él. — Tal vez sólo quería ver a sus padres; no puedes culparlo por eso.

— ¿Lo defiendes aun sabiendo que yo salgo perjudicada? — le dijo con la rabia escurriéndose entre cada palabra. Él ya estaba pensando que se había tardado demasiado en mostrar su “adorable” carácter.

—No lo defiendo, cariño. Sólo trato de, no sé, encontrarle respuesta a todo esto.

—Él me dijo que quería ver a sus padres…

— ¿Ves? Tenía razón.

—…Y decirles—continuó, ignorando por completo la interrupción. — que estábamos comprometidos y todo eso.

—Pero si ya lo saben. Aquí todo el mundo lo sabe (nuestros padres y los de Lucas quiero decir) y espera con ansias el día de la boda.

—Pero él quería hablar con ellos sobre eso, no sé por qué. Decía una y otra vez que quería decírselos él mismo sin intermediarios. Que tenía que hacerlo él. Es algo realmente estúpido y es por esa estupidez que estoy aquí. Debí golpearlo para que entrara en razón.

—No es por defenderlo ni poderme de su lado, Jess, pero si yo hubiese estado en su lugar hubiese hecho lo mismo. Hubiese querido gritarle a medio mundo que estaba por casarme con la mujer más hermosa y maravillosa del mundo. Aunque coincido en que es algo tonto. Si Jackeline y William lo saben, ¿para qué decírselos otra vez?

Jessica lo miró seria y fijamente durante un rato largo, antes de hablar.

—Estas raro, Ariel. —él le sonrió. Era una sonrisa enorme y hermosa, que le provocó a Jessica unas enormes ganas de lanzarse hacia él y abrazarlo.

—Sí, lo sé, pero no me culpes. Supongo que el hecho de tenerte aquí, en La Esperanza, me hace sentir como si nunca te hubieses ido y nada de aquello hubiese pasado. Me hace sentir como si fueses mi pequeña hermanita otra vez. —ella suspiró.

—Yo no dejo de sentir ganar de huir. Me siento incomoda en este lugar.

—No deberías, esta es tu casa. —Jessica se removió en la cama y se apoyó del pecho de su hermano. — ¿Y como está Lucas?

—Él está bien. La de los problemas soy yo, así que preocúpate por mí.

Ariel rió y Jessica levantó la cabeza para verlo.

—Y eso, que el que estaba raro era yo. Debería agradecerle o pegarle a Lucas por ponerte así.

— ¿Así cómo?

—Tan sumisa. Esta no es la Jessica que encontré en Villa Mar. Esa era una amargada, que pensaba que era la reina del universo. Una anciana en el cuerpo de una niña.

Ella rió con sarcasmo y luego le dio un fuerte golpe en la pierna.

— ¡Que gracioso, que gracioso! — ella siguió pegándole durante unos instantes más. Luego hubo silencio y quietud otra vez, pero esta vez los hermanos se miraban a los ojos con intensidad, como si de esa forma pudiesen saber lo que pasaba por la cabeza del otro. Como si pudiesen decirse un sin número de cosas con ese gesto.

—A mi me gusta esta Jessica. — Ariel le acarició el rostro y le apartó el pelo de la cara, colocándoselo detrás de la oreja. — Prométeme que seguirás comportándote de esa forma y que dejarás de esa chiquilla amargada y enojona que vi hace poco.

—Trataré. —respondió antes de proferir un gran bostezo, que delataba que estaba más cansada de lo que aparentaba. —Será mejor que me vaya a acostar.

— ¿Por qué…?—comenzó él, sintiéndose un poco nervioso. — ¿Por qué no te quedas a dormir aquí?

Ella se lo pensó durante unos segundos y luego le sonrió, mientras asentía. No encontraba nada de malo en hacer eso; ella había dormido infinidad de veces en esa habitación, al lado suyo, por lo que no era algo raro o incomodo para ninguno de los dos. Además, lo que menos le apetecía a Jessica era estar sola para darle una oportunidad a su madre de molestarla por lo de su huida. La idea de estar con Ariel en esos momentos se le antojaba fabulosa.

—Sí, está bien.

Ambos se acomodaron en la cama, bastante más cerca de lo que lo habían hecho cuando eran apenas unos niños, y luego se inclinaron cada uno hacia un lado para apagar las lámparas.

This entry was posted on miércoles, diciembre 23, 2009 . You can leave a response and follow any responses to this entry through the Suscribirse a: Enviar comentarios (Atom) .

4 Manzanitas

hola!!!! de nuevo con otros premios para tu blog, decirte que sigo tu historia me está encantando!!! y con ganas de leer el siguiente capi

besossssssss

Feliz 2010!!! y que este año se cumplan todos tus sueños

^^

upppsss se me olvido decirte que en mi blog encontrarás unos cuantos premios!!!! besitossssssss

Nota para los seguidores de "La Gruta Fabulosa"

El blog La Gruta Fabulosa ha dejado de editarse y lo borraré a lo largo del fin de semana. Sin embargo, podéis encontrar todo el material publicado en él en este otro blog: http://lagrutafabulosa.blogspot.com/.

Además, en un futuro podréis encontrar los antiguos post dedicados a los ilustradores clásicos y algunos nuevos en mi blog de pintura: http://lienzos.blogspot.com/.

Gracias por haberme seguido durante todo este tiempo. Disculpad las molestias.

Que paso con la historia? Queda ahí? No puede ser! Me quede intrigada!!

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