Capitulo 2  

Posted by: Lizzy Kim in

***

¿Qué podemos hacer cuando el corazón y la razón nos dicen a gritos que lo que hacemos es lo correcto, a pesar de que la mayoría no lo cree así? ¿Qué podemos hacer cuando nuestro corazón está atado al de alguien que hace tiempo que dejó de sentir amor incluso por su propia vida? ¿Qué podemos hacer cuando amamos con locura a alguien que ama a otro? ¿Debemos renunciar a ese sentimiento o debemos luchar por lo que queremos?


***

Lucas estaba mirando por la ventana del tren que lo llevaría a su destino.

Aún no se había sacado de la cabeza las crueles palabras de su hermano a pesar de haberlas escuchado hacía tantas horas. Nunca había visto a Josh actuar de esa forma y sintió miedo por lo que pudiera hacer a partir de ese momento. Pero ya no había vuelta de hoja. Ya se había embarcado en un peligroso viaje cuyo precio seria dolor y sangre. No quería pensar en eso, no quería creer que su noble acción pudiese terminar en catástrofe pero las palabras que le dijo su hermano lo incitaban a pensar que así sería el final de toda esa historia.

Movió la cabeza con pesadez tratando de que esos molestos pensamientos se esfumaran. Volvió a mirar por la ventana y se maravilló al ver el hermoso espectáculo que la naturaleza le ofrecía. Siguió contemplando el paisaje hasta que la noche cayó haciendo desaparecer la belleza del ocaso con su apremiante oscuridad. Las estrellas empezaron a titilar como incitándolo a que permaneciera observando el cielo hasta que llegara a su destino; así lo hizo. No tenia nada más que hacer y el cielo estaba lo suficientemente hermoso como para no dejar de mirarlo.

Al cabo de una hora el tren empezó a disminuir velocidad y a los pocos minutos se quedó completamente quieto; había llegado a su destino. Lentamente se puso de pie, tomó su maleta y se dispuso a salir del vagón. Caminó entre la ansiosa gente que buscaba anhelante a algún ser querido o conocido; entre las personas que se saludaban efusivamente; entre las personas que como él, no tenían a nadie esperándolo a la salida.

Eso creía cuando vio a un hombre—el cual tenía aspecto de chofer— con un cartel en la mano con su apellido escrito de forma bastante clara y visible. Se acercó a él con una clara expresión de desconcierto y solo por curiosidad le preguntó que a quien buscaba. El hombre dijo su nombre y después de unos segundos se dio la vuelta para dirigirse al auto. Lucas se tomo unos instantes para asimilar lo que acaba de pasar pero después decidió que lo mejor era seguir al hombre; si ya le había dicho que era a él a quien esperaba ¿Por qué debía preocuparse?

Cuando se hubo acercado al auto, el chofer tomó su maleta y la puso en el portaequipajes mientras le decía que no se preocupara, que fue precisamente a él a quien lo mandaron a buscar. Lucas decidió darle un voto de confianza a ese amable hombre y entró al auto. Antes de poner el auto en marcha, el chofer sacó un sobre de uno de sus bolsillos y se lo pasó al nervioso joven; Lucas, con algo de recelo, lo aceptó.

Querido Lucas:

Se que debes estar haciéndote muchas preguntas y que debes estar hecho un manojo de nervios— lamento eso— pero no podía decirte nada de esto porque quería que fuese una sorpresa.

Cuando me dijiste cuales eran tus planes, decidí ayudarte a pesar de lo que tu padre y tu hermano pudieran decir; así que preparé todo para que cuando llegaras al pueblo tuvieras un lugar confortable en el cual hospedarte, además de empleadas y un chofer. No te faltará nada, te lo aseguro.

Cualquier cosa que necesites no dudes en pedírmela y yo con gusto te la enviaré.

Sin más, me despido. Hasta pronto, querido hijo.

Atte.: Jackeline Henderson

Lucas respiró aliviado al saber que todo eso no era una conspiración ni un secuestro muy bien planeado. El chofer lo miró a través del espejo retrovisor y sonrió al ver su reacción.

El trayecto al que sería su nuevo hogar fue corto y tranquilo. El auto se estacionó frente una gran— demasiado grande como para que viviera una sola persona— y hermosa casa. Esta tenia un muy bien cuidado jardín delantero y una esplendorosa e imponente fachada; definitivamente, la casa mas llamativa y ostentosa de toda la zona. Sonrió. Nunca se hubiese imaginado que el lugar en que el iba a vivir por un corto periodo de tiempo fuese tan suntuoso, pero eso era de esperarse conociendo los gustos de su madre. Ella era una mujer acostumbrada a los lujos y como tal no iba a permitir que su hijo— el cual había crecido rodeado de los mismos lujos que ella— estuviera en un lugar que no estuviese a su altura.

Al entrar a la casa, una señora alta, de tez pálida y sonrisa amable lo estaba esperando junto a unas cuantas empleadas más; eran cinco en total. La mujer—que era el ama de llaves— le dio la bienvenida con una expresión maternal en el rostro y accedió amablemente a responderle cada una de sus preguntas mientras le daba un paseo por la casa. Ésta era más grande de lo que imaginaba y tenia suficientes habitaciones y puertas como para que se perdiera un par de veces.

Mientras iban haciendo el recorrido le indicó cual era su habitación pero ella de todas formas lo acompañó hasta allí. Él no podía negar que estaba abrumado por las atenciones que le profesaban en esa casa pero en el fondo le agradecía el gesto. Cuando llegó a su habitación, la amable mujer le dijo que las empleadas estaban preparando la cena y después de una pequeña reverencia se dio la vuelta para vigilar que todo saliera bien.

Inmediatamente entró al lugar un exquisito olor lo embriagó. No supo identificarlo ni por qué le resultaba tan familiar pero no podía negar que le gustaba, y mucho. Se acercó al lugar en el que estaba su maleta y se dispuso a abrirla para colocar sus cosas en el armario; no le tomó mucho tiempo. Después de eso, bajó rumbo al comedor y como era de esperarse se perdió. De no haber sido por una joven empleada hubiese tardado horas en llegar a su destino.

Cenó, conversó con el ama de llaves— que respondía al nombre de Clara— mientras paseaban por el jardín bajo la atenta mirada de una que otra empleada que no podía creer que un amo fuese tan amable con una empleada. Cuando dieron las 10:00 de la noche y después de una pequeña reverencia —por parte de Clara— y de haberse deseado las buenas noches, ambos se dirigieron a sus habitaciones dispuestos a descansar; ese había sido un día agotador.


***

Jessica no necesitó que Margaret fuese a despertarla esta vez; no había dormido en toda la noche pensando en la forma mas idónea de salir de sus múltiples problemas pero siempre— muy a su pesar— llegaba a la misma dolorosa conclusión: hiciese lo que hiciese, el encuentro con sus padres era inevitable— o por lo menos casi inevitable—. Se llevó las manos al rostro en señal de frustración y después de permanecer unos minutos en esa posición, se puso de pie dispuesta a asearse.

Estuvo bastante rato sumergida en la espumosa bañera, tratando de vaciar su mente— intento que fue en vano—. Escuchó ruidos provenientes de su habitación pero no se preocupó ni se tomó la molestia de hacerle ver a la persona que había llegado que estaba en el baño; sabía de sobra que era Margaret que había entrado con la intención de despertarla. Esbozó una pequeña sonrisa antes de sumergirse completamente en la bañera.

Salió de allí cuando el agua estaba completamente fría. Se envolvió con un albornoz blanco y cubrió su cabello con una toalla del mismo color. Al salir vio sobre la cama ya arreglada un vestido verde olivo con un hermoso bordado en la parte superior; las mangas eran lo suficientemente largas como para que le llegaran a los codos y estaban rematadas con un delicado encaje de un suave tono dorado; la falda, larga y amplia caía por el borde de la cama. La joven se acercó con una gran sonrisa en los labios a su nueva posesión e inmediatamente lo puso contra su cuerpo para ver que tal se veía.

—Al parecer, ver su nuevo vestido le ha alegrado el día— dijo Margaret con un tono serio.

—No tanto como hubiese deseado pero algo es algo, mi querida Margaret.

La mujer se acercó a ella y le pasó un corsé que había sobre la cama al lado del vestido. Jessica en cambió le entregó el vestido para que lo pusiera de vuelta en la cama y después de eso se dispuso a quitarse el níveo albornoz para quedar semi-desnuda frente a la mujer. Se puso cada uno de los broches del corsé con una inusitada rapidez y esperó pacientemente hasta que su dama de compañía se acercara para ajustárselo.

— ¿Qué decía la carta?—preguntó mientras halaba con fuerza las cintas que colgaban libres por la parte de atrás del corsé.

—Pensé que ya lo sabía— dijo después de quejarse.

—Solo sé lo obvio: que fue el joven Ariel el que le mandó la carta.

Jessica se tomó su tiempo antes de responderle, mas porque no podía hablar que por otra cosa. La presión que le hacia el corsé le impedía respirar con facilidad.

—Decía que mi madre está sospechando de él y que piensa iniciar una búsqueda— respondió mientras se secaba el cabello con la toalla que minutos antes había estado envolviéndolo.

— ¿A estas alturas del juego piensa hacer eso? Pero si han pasado casi seis años desde que se fue de su casa. ¿Con que motivos haría eso?

—Dio mi mano en matrimonio— respondió secamente al tiempo que tomaba el vestido y empezaba a probárselo— O por lo menos eso fue lo que escribió Ariel.

— ¿Qué piensa hacer entonces? ¿Piensa regresar a su casa?

—Si no me queda de otra tendré que hacerlo. Aquí las cosas no están muy bien que digamos, con eso de que Brian piensa proponerme matrimonio…

La mujer rió y Jessica la miró con mala cara.

—Eso no debería preocuparle, en lo absoluto. Dígale que no y punto. O mejor aun, dígale que sus padres ya dieron su mano en matrimonio.

— ¡Pero no existe tal prometido!—Jessica se sentó de golpe en la cama con una expresión de frustración en el rostro. Parecía una niña pequeña a la cual le habían negado algo.

— Eso a ellos, ni a nosotras, nos consta. Además, recuerde que todavía tiene la carta que le mandó su hermano. Puede mostrársela y decirle que su madre ya le hizo el “favor” de conseguirle marido.

— ¡Esa es una gran idea!— respondió la joven exultante. —No se como pude haberme preocupado por eso.

—Pero aún queda un inconveniente ¿Qué hará respecto con lo otro? ¿Piensa irse del pueblo?

— ¿De verdad crees que después de tantos años mi madre se va a tomar la molestia de iniciar una búsqueda? Eso se lo dejaría a mi futuro esposo, si asumimos que existe. En todo caso, hay que ver que pasa. Lo más probable es que, como siempre, me equivoque y se aparezca una docena de soldados buscándome como locos por el pueblo.

Margaret la miró fijamente por unos segundos tratando de adivinar si esa inusitada calma que profesaba no era mas que una farsa, una mascara para esconder lo que realmente estaba sintiendo en esos momentos o si era el fruto de un plan previamente elaborado; con Jessica nunca se sabía.

Al cabo de media hora, Jessica bajó las escaleras completamente lista y con un vestido diferente al que se había estado probando (el otro lo había encargado para una ocasión especial). Bajó a desayunar con una actitud que las demás empleadas no esperaban ver en ella, dado que el día anterior había estado rabiando e insultando a todo el mundo.

Jessica era una joven de carácter muy fuerte y, a veces, algo cambiante. Por cualquier cosa perdía los estribos y empezaba a maldecir y a insultar sin que le importase el hecho de que las mujeres de esa época debían ser tranquilas y sumisas. Pero Jessica era todo menos sumisa. Era rebelde, algo alocada y demasiado adelantada para su época. Era el tipo de mujer que los hombres querían para pasar el rato y no para tenerla como esposa.

La joven, después de darles un par de órdenes a las empleadas, salió de la casa dispuesta a dar un paseo por la plaza con su tan querida ama de compañía.

Margaret la miraba de soslayo mientras se dirigían con paso animado hacia uno de los bancos de piedra de la tan concurrida plaza, esperando que le dijera el motivo de su alegría, pero Jessica no mostraba indicios de querer decirle. Al final no le dijo nada ya que no quería que la felicidad de la joven se desvaneciera cuando terminara de formular su pregunta.

No tuvo que esperar tanto. Jessica se crispó a su lado y apretó los puños sobre sus rodillas sin ninguna razón aparente. Le iba a preguntar que le pasaba pero no le dio tiempo ya que la joven se puso de pie bruscamente y se dirigió, con una expresión bastante rabiosa en el rostro, hacia el otro lado de la plaza.

This entry was posted on viernes, noviembre 21, 2008 and is filed under . You can leave a response and follow any responses to this entry through the Suscribirse a: Enviar comentarios (Atom) .

0 Manzanitas

Publicar un comentario