Capitulo 15  

Posted by: Lizzy Kim

Josh no podía creer como aquel alto e impenetrable muro de concreto que separaba el pasado (ese estúpido pasado que ensuciaba su nívea reputación) del presente se estaba desmoronando poco a poco a una velocidad alarmante. Estaba cada vez más cerca de ser golpeado por la fuerza arrasadora con la que vendría su pasado, el cual le escupiría la verdad, esa que tanto ocultaba, en la cara.

Sí, eso pasaría (aunque no de esa forma, obviamente) y él por más que gritase, culpase o tratase no podría impedirlo porque nadie podía detener al destino, mucho menos cuando este se ensaña y se encapricha con hacerte pagar cada una de tus maldades, aunque estas fuesen pocas.


En realidad, Josh Henderson nunca fue una mala persona; no en realidad. Siempre fue un muchacho tranquilo, serio, alegre y bastante sobre protector con su pequeño hermano Lucas, al cual le llevaba tres años.

Josh nunca hizo nada de lo cual pudiera arrepentirse o que le causara el mismo desasosiego que sentía en esos momentos; por lo menos eso pudo decirlo hasta que cumplió los diecinueve años y cometió el error más grande y estúpido de su vida (aunque el error lo venía cometiendo desde los diecisiete, metido en su propia casa). Un error por el cual pagaría el resto de su vida y el cual había empezado a pagar a principios de ese mismo año, cuando su hermano decidió emprender su viaje hacia Villa Mar.

En aquel entonces, cuando se dejó llevar por sus escandalosas hormonas y por la alocada idea de que experimentar con lo que no debía era bueno, no pensó que la situación se complicaría tanto.

“Es sólo un juego” decía, pero al parecer, sólo él se tomaba las cosas tan a la ligera. Sólo él se daba el lujo de pensar de esa manera.

Una noche todo se salió de control y el error que había cometido la primera vez llegó a límites insospechados incluso para él que decía que tenía todo bajo control. Hizo y dijo cosas que no debía, hirió a personas que no se lo merecían pero nunca se retractó ni se mostró arrepentido por lo que había pasado esa noche. Josh nunca se retractaba, mucho menos pedía perdón.

“No fue mi culpa”, se decía una y otra vez para convencerse a sí mismo hasta que al final lo logró; nadie nunca lo hizo ni lo haría sentirse culpable por todo lo que pasó ni por lo que pasaría después.

En esa época, se había hecho el desentendido ante todo el que le preguntaba si sabía algo. Se mostraba sorprendido y dolido ante lo ocurrido, consolaba a todo el que creía que lo necesitaba con una que otra palabra agradable, pero sus gestos y sentimientos nunca, nunca fueron verdaderos.

Sólo alguien sabía lo ocurrido —a medias, pero lo sabía— y sabía de sobra que a espaldas de todo el mundo, Josh se alegraba por lo que había pasado. A nadie más que a él le convenía todo lo que pasó esa noche. Y aunque lo que pasó fue el producto de su error, él daba gracias a todos los santos porque pasó y su secreto quedó a salvo.

Esa persona que conocía tan enorme secreto, podía darse cuenta de que el simple recuerdo de su pasado, o la mención de algo relacionado a este, alteraban a Josh y lo ponían de pésimo humor, mucho más en esos momentos en los que Lucas no estaba en casa.

Esa persona no era nadie más que Jackeline, su madre, la cual en esos momentos se dirigía a su habitación para hablar con él.

Ella, después de unos breves instantes de duda, tocó la puerta y sin esperar respuesta entró. Josh, que había estado recostado plácidamente en el sillón antes de que ella irrumpiera en su cuarto, la reprendió por entrar sin esperar respuesta. Ella se defendió con un simple “eres mi hijo y no tienes nada que no haya visto antes. ¿O acaso se te olvidó?”, que provocó la molestia del joven pero, de todas formas, no discutió con ella sobre eso, sólo se limitó a preguntarle qué quería con una expresión de fastidio en el rostro. Jackeline la pasó por alto cuando le dijo:

—Quiero que me expliques porqué te comportas de esta manera y porqué me tratas como si yo fuese tu enemiga.

Josh la miró, impávido, desde el sillón en el que todavía estaba sentado.

—Yo no la trato como si fuese mi enemiga, madre. Créame.

—Tal vez no, pero no puedes negar que te comportas y me tratas de una manera diferente, más hostil… como si yo te hubiese hecho algo.

—Claro que me ha hecho algo, madre. ¿O cree que el hecho de conspirar en mi contra junto con Lucas es poco? — respondió con calma, sin siquiera alzar la voz, lo cual hacia que las palabras saliesen siseantes, venenosas.

—Nadie está conspirando en tu contra, hijo.

— ¿Ah no? — Se puso de pie y caminó hacia su madre con ímpetu— Entonces debo creer que el encuentro de Lucas con la pequeña Smith fue una coincidencia y que usted no tuvo nada que ver con eso. Debo creer que el tonto de mi hermano se fue de La Esperanza sólo porque sí y no porque quería buscar a Jessica.

—Eso fue lo que pasó… Esa es la pura verdad.

— ¡Mentira! — Estalló, sin poder contenerse, olvidándose por completo que era con su madre con quien hablaba—Usted le ayudó. Usted preparó todo esto porque cree que yo soy el culpable de lo que pasó.

— ¿Y no lo eres? —se atrevió a preguntar Jackeline, ignorando la rabia que crecía a borbotones en su hijo y el miedo que esta le provocaba— ¿No fuiste tú el causante de todo ese desastre?

— ¡Por supuesto que no! —lo dijo con tanta convicción que hasta el más incrédulo de los hombres hubiese caído rendido ante la seguridad del joven. Y es que cuando repites mucho algo, al final terminas creyendo que es verdad.

—Bien — dijo Jackeline con calma, mientras se daba la vuelta y se dirigía hacia la salida, como muestra de que hasta ahí había llegado la conversación— Si tu no fuiste el culpable de lo que pasó esa noche, yo tampoco soy culpable de lo que me acusas. — Y sin más, salió de la habitación, dejando a su hijo rabiando en la semioscuridad de su cuarto.


***

Eran las ocho de la mañana de un sábado común y corriente de septiembre pero eso no impedía que en la casa de los Smith hubiese más movimiento de lo normal. Más movimiento que en cualquier otra parte del pueblo, para ser más específicos.

Empleadas limpiando cada rincón de la casa con tanto esmero y dedicación que cualquiera pensaría que nunca habían desempolvado o barrido allí. El jardinero, junto a dos empleadas más, estaba embelleciendo el jardín más de lo que ya estaba, cortando ramitas, barriendo el césped y limpiando la plazoleta. Empleados de la floristería dejando hermosos arreglos florales en el salón, entre muchas otras tareas que sólo tenían como fin acondicionar la casa para la fiesta que se iba a llevar a cabo esa noche y que tenia a todo el mundo expectante (excepto a los empleados que los tenia al borde de la desesperación por todas las cosas que tenían que hacer).

Todo era un caos, sí, pero un caos bien supervisado por el ama de llaves y por Jocelyn — la señora Smith— la cual se quejaba de que había muchas cosas por hacer y pocas personas para llevarlas a cabo. No podía contar con su esposo Edmond porque al ver el circo en el que se había convertido su casa tan temprano, decidió escaparse con la excusa de que unos amigos lo habían invitado a pescar y que él, muchas veces, les había dicho que no podía ir con ellos para quedarse en casa con su esposa.

Jocelyn no le dijo nada porque, en parte, él tenía razón. Hacía mucho tiempo que Edmond no salía con sus amigos para pasarse el fin de semana completamente con ella. Al final pensó que se merecía el día libre con sus amigos así que se hizo la desentendida respecto a la pequeña mentira y lo despidió con un beso en la mejilla.

Al saber que no contaría con su esposo, pensó en el último hombre de la casa que quedaba disponible: su hijo. Por tal motivo mandó a una joven empleada a despertarlo y a decirle lo que tenía que hacer; pero la joven, al cabo de unos minutos, volvió donde ella estaba para decirle que Ariel se había negado a salir de su habitación ya que estaba muy cansado por el extenuante trabajo realizado el día anterior. También, como era de esperarse, alegó encontrarse enfermo. Jocelyn sólo suspiró, resignada y le dijo a la empleada que lo dejara dormir un rato más pero que tuviera pendiente el que tenía que despertarlo. Después de eso, se dirigió hacia el jardín trasero para supervisar el trabajo de limpieza de esa zona.

No hubo necesidad de despertar a Ariel. Este, sigiloso y mirando para todos lados tratando de localizar a su madre, bajó las escaleras del vestíbulo en plan de escape pero todos sus esfuerzos fueron en vano ya que jocelyn lo encontró justo cuando iba a abrir la puerta. Él trató de explicarle lo que hacía con excusas tontas pero Jocelyn, que no tenía un pelo de tonta, no le dio tiempo a nada ya que lo tomó por un brazo y lo arrastró hacia donde tenían guardadas todas las botellas de vino murmurando cosas como “vamos a ver si ahora te escapas” y “es igual a su padre”.

Así pasó el día en casa de los Smith: entre limpieza, quejas por parte de un Ariel lleno de polvo y algo despeinado y risas por parte de las empleadas que lo escuchaban y ayudaban.

A pesar de todo el desorden que se armó en la mañana y que parecía ir en aumento a cada segundo, la casa, la comida y todo lo relacionado con la fiesta estuvo listo a tiempo. Incluso Jocelyn, que tardaba horas en arreglarse, estuvo lista en el vestíbulo junto a un Ariel deslumbrante y bien vestido para cuando llegaron los primeros invitados a la fiesta.

Después de un rato, Jocelyn lo dejó solo y decidió ir al salón para ayudar a su esposo con los invitados y para cerciorarse de que los empleados que servían esa noche hicieran las cosas bien.

Después de un rato largo, Ariel entró al salón charlando con los últimos invitados que recibirían esa noche: los Port, unos comerciantes que se encargaban de la exportación de licores hacia algunas islas del Caribe y que eran clientes de las empresas de los Smith (aunque no tenían su sede principal en ese pueblo sino en Villa Mar, uno de los pueblos vecinos).

Ariel, aunque se mostraba tranquilo y vivaracho, estaba sumamente nervioso porque temía que alguno de los Port tuviera el atrevimiento de preguntarles a sus padres si la Jessica Smith que vivía en Villa Mar era algún familiar suyo.

A ratos se convencía de que si no lo habían hecho en los meses que llevaban de relaciones con él y su familia, no lo harían en ese momento pero la duda seguía atenazándole los nervios y no lo dejaba disfrutar de la fiesta como era debido.

Cuando la conversación entre ellos (que estaba basada, meramente, en la destilación de licores y los tipos de licores que conocían y habían probado) terminó, Ariel pensó que podría respirar tranquilo pero no pudo; los Henderson, aprovechando que los anfitriones estaban libres, se acercaron para hablar con ellos.

Jackeline y William, después de unos minutos, se llevaron a Jocelyn y a Edmond para la otra punta del salón donde unos amigos comunes los esperaban, copas en mano y riendo alegremente, dejando a Josh y a Ariel solos.

La tensión podía sentirse en el aire, al igual que la incomodidad que sentían por estar el uno al lado del otro. Mucho mas después de la fuertísima discusión que tuvieron el día anterior a causa de la relación que había entre sus hermanos. Los que estaban a su alrededor no notaban esto porque todavía creían que estos dos jóvenes eran tan amigos como cuando eran niños; pero los tiempos habían pasado y las circunstancias los llevaron —o mas bien llevaron a Ariel— a separarse, a buscar caminos diferentes que no se cruzaran por nigun motivo.

Ariel se alejó primero sin decirle una palabra y Josh no mostró ningún indicio de que le hubiese molestado, sólo se limito a tomar de su copa mientras recorría el salón con la mirada. No tenia nada mejor que hacer, y observar a los demás invitados era lo más entretenido que podía hacer en esos momentos.


***


Nadie se hubiese imaginado que el viaje de Villa Mar hacia La Esperanza fuese tan extenuante y abrumador; y eso, que emprendieron el viaje a una hora bastante fresca y agradable y que la distancia que separaba ambos pueblos era relativamente corta.

Lo que no fue agradable en sí fue el trayecto. Jessica estaba enojada, deprimida y cansada, pero no decía ni una sola palabra, ni siquiera para quejarse. Lucas no tenía la mas mínima idea de que hacer para que la sensación de culpa abandonara su pecho y para que su novia cambiara de cara. Y Margaret —porque Jessica dijo que no iba a estar rodeada de esa jauría de lobos sin ella y se la había llevado aunque Margaret se había negado— trataba por todos los medios de animar un poco a la joven. Sin éxito, por supuesto.

Al final, llegaron a La Esperanza rodeados por un aura cargada de tensión y un poco de hostilidad por parte de Jessica, la cual seguía enfurruñada y sin hablar (por lo menos no en presencia de Lucas).

Este último las había dejado cerca de la salida de la estación de trenes cuidando las maletas mientras él iba en busca del chofer que había mandado a contratar con la persona a la que le compró los pasajes. Volvió a los pocos minutos con un hombre alto, robusto, ataviado con el típico y caluroso uniforme de chofer. Este, junto con Lucas, se encargó de subir las pocas maletas al auto mientras Jessica y Margaret se acomodaban en el asiento trasero —Jessica junto a la ventana, dejando a Margaret en el centro para no tener que estar cerca de Lucas—.

Y de esta forma se dirigieron hacia las respectivas viviendas de los jóvenes, rodeados por la molesta tensión que los había seguido desde que salieron de Villa Mar y que era incluso perceptible por el chofer que no sabía que decir para que el viaje fuese menos desagradable, y por un pesado silencio sólo roto por el ruido que producía el auto sobre la calle.

Pasada una hora de trayecto, el chofer se detuvo frente a la fachada de una despampanante casa de estilo colonial, cercada por altos muros de piedra y que sólo era visible a través de las puertas de hierro forjado (que tenían una enorme “H” cursiva en el centro) que daban acceso al jardín delantero.

El chofer ayudó a Lucas —el cual se bajó del auto resignado ante el hecho de que no obtendría una sola palabra de su prometida por lo menos esa noche— a sacar su maleta del baúl y a colocarla frente a la puerta de entrada que daba acceso al vestíbulo. El joven, sin más ademan que una vaga despedida con la mano y la promesa de ir a visitarlas al día siguiente, entró a la aparentemente desolada vivienda sintiendo un peso invisible posarse sobre sus hombros. Y era de esperarse ya que tener a un prometida molesta era lo mínimo que iba a pasarle.

El cansado y abrumado chofer no esperó ninguna orden para emprender el camino rumbo a su destino final: la casa de los Smith. Por suerte para él que ya estaba cansado de tanto mutismo y tensión, la casa quedaba a unas pocas cuadras de distancia. Y para mayor regocijo del pobre hombre, las casi siempre abarrotadas calles circundantes a la zona, estaban desiertas esa noche.

Las puertas de hierro forjado que flanqueaban el jardín delantero estaban abiertas mientras los empleados de seguridad —uno a cada lado del camino— vigilaban la entrada para que ningún invitado no deseado hiciese acto de presencia.

El jardín (que, según recordaba Jessica, nunca había estado tan atestado de flores y lámparas) estaba completamente iluminado por unas farolas colocadas a cada lado del camino que debían seguir los autos para llegar al pórtico de entrada. Dicho camino era una especie de curva que bordeaba un tramo de jardín circular y que cuyo principio y final tenían en mismo destino: las enormes puertas de hierro.

Desde la perspectiva del que llegaba por la avenida principal, el camino junto al pequeño círculo de flores y arbustos, formaba una especie de enorme gota iluminada.

Jessica, sintiendo una opresión en el pecho, pedía fuerzas para soportar todo lo que se le vendría encima en ese lugar, lo cual sabía de antemano que no sería nada fácil de soportar.

This entry was posted on lunes, agosto 03, 2009 . You can leave a response and follow any responses to this entry through the Suscribirse a: Enviar comentarios (Atom) .

1 Manzanitas

Hola!! hacia tiempo que no entraba en tu blog y cual fue mi sorpresa de encntrar tantos capis de tu estupenda historia!! muchas gracias por compartirla con todos!!!!
besossssssssssss

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